Descubre qué entendía José Saramago por ser un intelectual, su visión de la literatura como resistencia y su crítica al poder.
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| José Saramago y la lectura como acto de pensamiento. |
¡Hola, lectores! ¿Qué significa ser un intelectual para José Saramago? Más allá de los títulos, los premios y la fama, el autor portugués entendía el intelecto como una responsabilidad: pensar el mundo, cuestionarlo y no aceptar el poder sin crítica. En este artículo que preparé para ustedes, reviso cómo concebía el rol del intelectual, por qué veía la literatura como acto de resistencia y cuál era su mirada sobre la política y la democracia.
¿Qué significa ser un intelectual según José Saramago?
Para José Saramago, ser un intelectual no era pertenecer a una élite separada de los demás, sino una forma de nombrar algo que compartimos como seres humanos: la capacidad de pensar. Si el ser humano es un animal racional, entonces todos, en mayor o menor medida, participamos de lo intelectual.
En una de sus reflexiones, el autor de Ensayo sobre la ceguera precisaba que cuando afirmamos que el ser humano usa la razón, estamos reconociendo que hace uso del intelecto. No solo quien desarrolla grandes teorías científicas, sino también quien aprende a leer, quien se pregunta por lo que ocurre a su alrededor, quien intenta comprender el sentido de su vida y su sociedad.
En esa línea, Saramago cita una definición de André Comte-Sponville en su Diccionario filosófico (ed. Paidós), en la entrada “Intelectual”:
“Es quien vive de su pensamiento o por su pensamiento. Solo hay una elección entre una insignificancia (pensar para vivir) y una ilusión (vivir para pensar). No hay oficio tonto, pero tampoco vanidad inteligente”.
Esta mirada, sencilla y desprovista de superioridad, encaja con la postura de Saramago: el intelectual no es un ser superior, sino alguien que se hace cargo del mundo que le toca, sin dejar de pensar ni de cuestionar.
José Saramago: pensamiento crítico sin superioridad moral
El escritor portugués se definía a sí mismo como un “comunista libertario” y rechazaba la idea del intelectual como figura moral que dicta lo que está bien o mal desde una torre de marfil. Su obra entera es una exploración constante de las contradicciones humanas, de las injusticias históricas y del peso del poder sobre la vida cotidiana.
Más que sentar cátedra, Saramago proponía una actitud: pensar sin creerse dueño de la verdad, asumir que la conciencia crítica nace de la duda, no del dogma. Su voz, firme pero humilde, se construyó a partir de una vida marcada por la pobreza, la dictadura y la militancia política.
Portugal, dictadura y conciencia social en la obra de Saramago
Un país marcado por la dictadura
José Saramago creció en un Portugal sometido a la dictadura de António de Oliveira Salazar. Ese contexto autoritario dejó una huella profunda en su sensibilidad. No se opuso solo desde los libros: también militó en el clandestino Partido Comunista Portugués, pagando el precio de la vigilancia, la censura y la marginación.
En sus novelas, la historia portuguesa aparece como una herida que nunca termina de cerrar. Sus preguntas giran en torno a por qué un antiguo imperio quedó relegado a un segundo plano en Europa y cómo el poder económico y político condiciona la vida de la gente común.
Ficción y realidad entrelazadas
Saramago no hacía novela histórica al uso, pero la realidad de Portugal atraviesa muchas de sus tramas. En lugar de reconstruir los hechos como un cronista, entrelaza historia y ficción para mostrar cómo el pasado se infiltra en el presente. Sus libros están llenos de personajes que se enfrentan al poder, a la burocracia, a la injusticia, siempre desde una voz narrativa crítica e irónica.
Esa mezcla de memoria, política y humanidad nos habla de una aguda conciencia social: lo que le importa no es solo qué le ocurre al individuo, sino qué le hace la estructura social a las personas.
La literatura como acto de resistencia
Cuando le preguntaron si la literatura podía servir como forma de resistencia y si era capaz de cambiar el mundo, Saramago respondió con una honestidad desarmante. Reconocía que nunca se había planteado la literatura como una herramienta de poder directo, pero que entendía el poder como algo inseparable de nuestra vida en sociedad.
Según el escritor, no hay ser humano completamente “fuera” del sistema: incluso quienes son llamados “excluidos” lo son siempre en relación con algo, es decir, de alguna manera siguen integrados en aquello que los niega. Por eso, sus libros intentan mostrar cómo funciona ese entramado de inclusión y exclusión, de privilegios y desigualdades.
En ese sentido, escribir se vuelve un acto de resistencia: no porque la literatura dicte leyes o derribe gobiernos, sino porque ilumina aquello que el poder preferiría mantener en la sombra.
¿Puede la literatura cambiar el mundo? La respuesta de Saramago
En una de sus reflexiones más conocidas, Saramago afirmó:
“Un médico podrá curar mil enfermedades, pero no podrá prevenir la muerte. Sin embargo, saber que vas a perder la última batalla no es motivo para que te rindas. La literatura nunca ha cambiado el mundo y no hay razón para esperar que lo cambie mañana. Y, sin embargo, seguimos escribiendo. ¿Por qué? Porque sí, simplemente”.
Esta idea resume su mezcla de lucidez y esperanza. La literatura no garantiza cambios políticos concretos, pero tampoco es un simple entretenimiento. Es un espacio donde los seres humanos se reconocen, se confrontan, se cuestionan. Escribir y leer es, en parte, aceptar que somos mortales, que perderemos muchas batallas, pero que igual seguimos luchando.
Tal vez ahí radique el gran aporte de la literatura al mundo: en recordarnos que, incluso sabiendo que no controlamos el final, elegimos seguir buscando sentido.
Productor cultural, no producto mediático
Saramago insistía en que él no era un producto cultural, sino un productor cultural. Es decir, alguien que interviene activamente en la creación de significados, en lugar de dejarse moldear pasivamente por las lógicas del mercado y los medios.
Decía algo así: sus libros podían ser productos culturales, pero él no se reconocía como un personaje mediático. No cultivaba la fama por la fama; prefería mantener una relación directa entre lo que hacía y decía y el ciudadano y escritor que era.
En cuanto a su orientación política, aceptaba que se le llamara “escritor marxista”, pero añadía que también era más cosas, incluso algunas contradictorias. Esa admisión de la contradicción es parte de su honestidad: nadie piensa siempre lo mismo, ni de la misma manera, y la conciencia crítica también implica revisarse a uno mismo.
José Saramago y la política: democracia, poder y crítica
Cuando hablaba de política, Saramago evitaba las definiciones fáciles. Consideraba que se trata de un concepto que ha acompañado a la filosofía desde Aristóteles sin lograr una definición única que satisfaga a todos los pensadores.
Sin embargo, sí fue muy claro al hablar de la democracia contemporánea. Para él, un sistema que limita el poder ciudadano a la mera representación política —votar cada cierto tiempo y poco más— no podía considerarse verdaderamente democrático. En su opinión, vivimos más bien bajo una plutocracia o, si se prefiere, una dictadura económica, donde el poder del dinero condiciona fuertemente las decisiones políticas.
Esta crítica, lejos de haber envejecido, parece cada vez más vigente en un mundo atravesado por la desigualdad, la concentración de riqueza y la influencia de grandes corporaciones sobre los gobiernos. Leer a Saramago hoy es leer a alguien que nos advierte de los peligros de renunciar al pensamiento y a la participación ciudadana.
¿Por qué leer hoy a José Saramago?
No cabe duda de que José Saramago fue un pensador incómodo y un observador implacable de su tiempo. Sus posturas le ganaron detractores, pero también una legión de lectores fieles que sigue creciendo. ¿Por qué leerlo hoy?
- Porque nos invita a pensar nuestro lugar en el mundo como ciudadanos, no solo como espectadores.
- Porque su mezcla de ironía, ternura y dureza revela las grietas del poder y de nuestras propias convicciones.
- Porque su obra muestra que la literatura puede ser resistencia sin caer en el panfleto.
- Porque nos recuerda que el intelectual es, ante todo, alguien que no renuncia a hacerse preguntas.
En cada novela, en cada ensayo, Saramago nos lanza una invitación silenciosa: no dejes de pensar, no dejes de mirar el mundo con ojos críticos.
La responsabilidad de pensar
Ser intelectual, para Saramago, no es coleccionar títulos ni conquistar premios, sino asumir la responsabilidad de pensar y de no callar ante la injusticia. La literatura, aunque no cambie el mundo por sí sola, puede cambiar la manera en que lo percibimos, y eso ya es un gesto profundo de resistencia.
Leer a José Saramago es aceptar el reto de mirar más allá de las apariencias, de incomodarnos y de volver una y otra vez a las preguntas que importan. En un tiempo saturado de información y ruido, su voz sigue recordándonos que pensar es un acto político.
¿Qué libros de Saramago leer para entender mejor su pensamiento?
Si quieres profundizar en la visión de José Saramago sobre el poder, la sociedad y el papel del intelectual, estos libros son un gran punto de partida:
- Ensayo sobre la ceguera – Una alegoría sobre la fragilidad de la civilización y la violencia que emerge cuando se quiebran las normas.
- Todos los nombres – Una reflexión sobre la identidad, la burocracia y el peso de los archivos oficiales.
- La balsa de piedra – Una metáfora geopolítica que separa la Península Ibérica de Europa y cuestiona las fronteras.
- Ensayo sobre la lucidez – Una crítica directa a los sistemas democráticos y a la apatía ciudadana.
Cada una de estas obras refuerza la idea de que la literatura puede ser, si no una solución, sí un espejo incómodo que nos obliga a mirar de nuevo lo que dábamos por sentado.
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Fuente: Ensayo sobre José Saramago (2022).
